Devocionales
Durante mi niñez fui una niña que me comía las uñas y que, ante cualquier exposición pública, me sudaban las manos y los pies (si, tuve mal olor en los pies por mucho tiempo). Cuando había situaciones de estrés en casa, me escondía agitada en mi cuarto. En esos entonces no conocía la Palabra “ansiedad”. Lo único que recibí fueron regaños, correcciones y talcos especiales para mis zapatos.
Cuando ingresé al mundo laboral, tenía episodios en los que, debido al estrés, corría al baño porque sentía que me asfixiaba. Allí intentaba sacar el grito que llevaba por dentro, era una sensación de presión en el pecho. Escuché incluso que brincar ayudaba a liberar la “tensión” que sentía; lo intenté, pero no funcionó…
Hace algunos años empecé a leer sobre la salud mental y leí sobre el trastorno de la ansiedad y de inmediato, pensé: ¡esa soy yo!
La real academia define la ansiedad como: Estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo y la organización mundial de la salud menciona algunos síntomas del trastorno de la ansiedad como:
dificultad para concentrarse o tomar decisiones
irritabilidad, tensión o inquietud
náuseas o malestar abdominal
palpitaciones
sudoración, tiritones o temblores
trastornos del sueño
sensación de peligro inminente, de pánico o de fatalidad.
Muchos de esos síntomas me acompañaron en la niñez y conforme fui creciendo se transformaron en otros. El sentimiento de frustración, tanto por la falta de comprensión hacia mí misma como por la de los demás, solo empeoraba la situación. A veces, incluso en situaciones que no eran “tan graves” mi reacción era desproporcionada.
Cuando descubrí que lo que tenía era ansiedad, adopté ese diagnóstico como mi identidad. Me refugiaba en frases como: “soy ansiosa”, “tengo ataques de ansiedad”. Al principio parecía que el abrazar esa identidad me ayudaba a sentirme segura en medio de las crisis, pero en realidad la ansiedad no desaparecía solo con la aceptación por el contrario sentía que estaba escalando.
Hasta que dejé de abrazar esa identidad y el mensaje el evangelio de Jesús alcanzó mi ansiedad, pude experimentar un cambio verdadero. Reconocí que la ansiedad, aunque no es pecado en sí misma, muchas veces revela la raíz mi pecado, como la incredulidad al dudar de la soberanía de Dios, el orgullo al querer controlar todo, la idolatría al depender de la aprobación de los demás, entre otros. Esto me llevo al arrepentimiento, a confesar mi pobreza espiritual y a reconocer que necesito a Cristo también en está área de mi vida.
Hoy sé que mi identidad no depende de lo que los demás piensen de mí, ni de lo que YO piense de mí misma, sino de la obra de Cristo y lo que Él dice acerca de mí.
Como lo dijo Pablo:
1 Corintios 4:3 En cuanto a mí, me importa muy poco cómo me califiquen ustedes o cualquier autoridad humana. Ni siquiera confío en mi propio juicio en este sentido
Como el evangelio nos ayuda a enfrentar la ansiedad
Reconoce que no tienes el control, pero Dios sí
Isaías 41:4 TLA» Yo soy el único Dios y mantengo bajo control todo lo que pasa en este mundo. He existido desde el principio, y existiré hasta el final.
Uno de los mayores detonantes de la ansiedad es el deseo de controlar cada detalle de nuestras vidas e incluso la de los demás a nuestro alrededor. Queremos que todo salga como lo planeamos y deseamos, pero eso es imposible: No somos Dios. Y eso es una buena noticia. Nuestro pecado contamina muchas de nuestras decisiones con egoísmo y orgullo. En cambio, Dios es Santo: en Él no hay pecado ni injusticia. Toda su obra tiene un propósito eterno.
Como dice John Piper, en su libro Providencia: “La Providencia dice que lo que Dios ordena debe ser; pero la sabiduría de Dios nunca ordena nada sin un propósito. Todo este mundo funciona para un gran fin”
Recuerda que Jesús también murió en la cruz por tu ansiedad
Isaías 53: 4ª Sin embargo, fueron nuestras debilidades las que él cargó; fueron nuestros dolores los que lo agobiaron…
La ansiedad seguirá tocando a la puerta en diferentes momentos y en diferentes formas. Lo importante es reconocer la situación y correr a Jesús. No estamos solos, Él cargo nuestros temores y sufrimientos en la cruz. No dejamos de ser hijos de Dios por la lucha con la ansiedad; al contrario, podemos experimentar su gracia y su fortaleza. (2 Corintios 12:9)
Así que cuando llegue la ansiedad, corre primero a Cristo, nuestro Príncipe de Paz. Ora, adora, entrégale tu carga. Puede que la calma no llegue plenamente en un día, pero Su misericordia nos sostiene durante el proceso.
No pongas tu valor en tu desempeño, sino en Cristo
Efesios 2:8-10 Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo. Pues somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás.
Muchos buscamos nuestro valor en ser el mejor estudiante, el mejor hijo o el mejor empleado. Pero ese “desempeño” como fuente de identidad termina cobrando factura física y emocional. El verdadero valor no está en lo que hacemos, sino en lo que Cristo ya hizo por nosotros.
Trabajemos con excelencia disfrutando de la capacidad que Dios nos da cada día para ser productivos para Su Gloria. Ana Ávila define la productividad así: “La vida productiva es una vida que busca honrar a Dios con todo lo que tiene”.
Aliméntate cada día con la verdad de Dios
Salmo 1:2-3 sino que se deleitan en la ley del Señor meditando en ella día y noche. Son como árboles plantados a la orilla de un río, que siempre dan fruto en su tiempo. Sus hojas nunca se marchitan, y prosperan en todo lo que hacen.
Vivimos en la era de lo instantáneo y del entretenimiento, pasamos de un video a otro, de una serie a otra, pero nada de eso fortalece el alma. Por el contrario, Dios nos ha dado entregado Su Palabra para nutrir nuestra alma y encontrar la Paz que necesitamos ante la visita de la ansiedad y cualquier otra situación
¿Sabes cuál es la diferencia entre leer y meditar? Muchas veces solo leemos un versículo y lo publicamos en nuestros estados y listo, no pensamos en ese pasaje en todo el día. Cuando meditamos es que tomamos la lectura bíblica y pensamos en ella: ¿a quién le hablo Dios en este texto? ¿Cómo aplico ese texto a mi vida hoy? Y, por último, la oramos a Dios pidiéndole al Espíritu Santo que nos de la fortaleza y el amor para ser obediente conforme a Su Palabra.
Así que no solo leamos la Biblia, sino meditemos y permitamos que nuestro corazón descanse en Cristo.
Mi mirada en lo eterno me da esperanza en mi situación hoy
1 Pedro 1:6 Así que alégrense de verdad. Les espera una alegría inmensa, aunque tienen que soportar muchas pruebas por un tiempo breve.
Max Lucado, explica que la ansiedad significa que tenemos la mente divida en dos, en el presente y en los escenarios que imaginamos que podrían pasar.
Es por eso que debemos ser intencionales en poner nuestra mirada en las cosas de arriba y no en las de la tierra (Colosenses 3:2) que son temporales. La esperanza en Cristo es segura: un día no habrá más dolor ni lágrimas. (Apocalipsis 21:4).
Recuerda que lo que enfrentas hoy es breve comparado con la eternidad con Dios. Esa perspectiva te da fuerza para perseverar en medio de las dificultades.
Por último, es importante recordar que pedir ayuda también forma parte de vivir como Cuerpo de Cristo. Si estás atravesando un momento de crisis, busca acompañamiento: un consejero bíblico capacitado o un psicólogo cristiano pueden caminar contigo en el proceso. En algunos casos será necesaria la medicación, y debemos reconocer que eso también es un medio de la gracia común de Dios para cuidar y edificar a la Iglesia.
La ansiedad no me define, mi identidad y mi valor están en Cristo.
Puedes descargar un devocional de 5 días en este enlace: https://tinyurl.com/cbndevoansie

